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Crónica

Hugo y Facundo Conte


La continuidad es un legado

El día que un equipo italiano contrató a su hijo -al que él había entrenado durante años- Hugo Conte, máximo símbolo de la generación que cambió la historia del vóley en Argentina, le dijo a su esposa: “Está hecho para esto. Ya puede volar alto y fuerte”. Facundo Conte, el heredero, el chico que nació rodeado de voleibolistas y creció acariciando la medalla de bronce de su padre, completó ese vuelo esta madrugada en Tokio en un duelo gigante frente a Brasil. Después del partido el hijo buscó al padre como cuando lo esperaba a la vuelta de los entrenamientos y se le prendió en un abrazo infinito. Hasta llorar mucho y hasta llorar juntos.

Fotos: Télam / Ilustración: Luis Callegari

Luis Callegari sabe que esos tipos son dos pero son uno.

 

Uno.

 

Un tipo hecho de dos tipos que son un tipo: Facundo Conte y Hugo Conte. O al revés. O no importa. Qué importa. Qué importa.

 

Luis Callegari, que es argentino, dibuja en Nuremberg, su rincón en Alemania, con sus manos de artista, a los dos tipos que son uno. Y los dibuja como lo que son: hace un retrato impactante, hermoso, de un rostro que mitad es Facundo y mitad es Hugo, detalle por detalle de Facundo, detalle por detalle de Hugo, detalle por detalle en el que los dos son lo que son: hijo con papá, papá con hijo. Los dos, uno.

 

Ese dibujo reluce en la página 66 del libro Pelota de Papel 4, publicado en junio del 2021,en el que Hugo Conte debutó como cuentista para narrar su vida en el voleibol o su vida en la vida, que, al cabo, resultan la misma vida, y en el que Facundo Conte debutó como prologuista, justo del cuento de su padre, para transparentar, una vez más, que si otros pibes ejercieron de pibes empujando autitos o muñecos, él creció acariciando la medalla olímpica que ganó Hugo.

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El arte, qué maravilla. Conmueve, deslumbra, desacomoda, asombra. Y, de tanto en tanto, anticipa: Luis Callegari dibuja todo eso apenas unos meses antes de que Facundo Conte, que jamás dejará de preferir como juguete a la medalla de su padre, se cuelgue, también él, delante del mundo y delante de su padre, una medalla olímpica.

 

Acaso eso sucede, entre otras cosas, porque el deporte se parece seguido al arte y también conmueve, deslumbra, desacomoda, asombra. Y anticipa. Hugo Conte -manos de artista no para el dibujo y sí para el voleibol- se lo anticipó a Sonia, su compañera eterna, la mamá de Facundo, un día luminoso en Italia, después de ser él quien entrenara a Facundo dos años en Catania y uno en Bolonia, cuando uno de los equipos grandes del gran voley de ese país vino por su muchacho y lo contrató:

 

—Listo. Está hecho para esto. Ya puede volar alto y fuerte.

 

Además de manos de artista, Hugo Conte tiene manos de planisferio. Caben rutas entre el extremo norte de su uña mayor y el sur de sus muñecas de deportista brillante. Con esas manos se convirtió en un símbolo de la generación que trastocó la historia del vóleibol en la Argentina, con esas manos bloqueó, golpeó e inventó como integrante de la Selección que descolocó al planeta al salir tercera en el Mundial de 1982, con un Luna Park en ardores, y por supuesto que con esas manos efectuó una contribución enorme para que, en Seúl y en 1988, el equipo nacional escalara hasta el bronce olímpico luego de una serie de actuaciones extraordinarias y de una que, además de extraordinaria, se erigió en memoria entre las memorias, que fue la victoria en cinco sets y por la medalla frente a Brasil.

 

Artísticas y planisféricas, las manos de Hugo Conte no sólo sirvieron para recubrir magias de vóleibol desde que, muy joven, un magnetismo para el que aún no encuentra todos los argumentos lo volcó rumbo a siempre en ese juego. También fueron útiles esas manos, como las de tantísimos papás, para envolver las de Facundo, que nació en agosto de 1989, cuando Hugo acumulaba 26 almanaques, y que casi desde entonces lo acompañó partido por partido.

 

Con un papá atrapándolo en esas manos, brota bastante lógico que Facundo fuera entibiando manos de voleibol. O con una mamá que jugaba muy bien a ese juego. Pero hay más. El crack que hizo temblar las falanges de italianos, estadounidenses, franceses, italianos, tunecinos y brasileños en una colección de partidos estremecedores durante los Juegos de Tokio nació, literalmente, rodeado de voleibolistas. En aquel agosto, los miembros de aquella generación marcadora de huellas celebraban el casamiento de uno de los suyos, también emblemático, Jon Uriarte. Mientras la boda avanzaba, en una clínica de Buenos Aires las contracciones de Sonia coincidían en avanzar. Los invitados, en consecuencia, fueron migrando de la fiesta de una pareja a la fiesta de un alumbramiento. Allí andaban cuando Facundo pegó el primer bramido que adelantó la ancha variedad de bramidos que esparciría en los estadios.

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A esa clínica se arrimó Waldo Kantor, maestro de creatividades desde su puesto de armador, un crack para el deporte que fuera, que se había topado una década antes con Hugo. “Él tenía 16 años -evoca- y en el ambiente del voley ya se sabía que entre los cadetes de GEBA había un chico que se destacaba por su talento y por su altura. Me citaron para la Selección Metropolitana juvenil. Yo tenía 19. También lo convocaron a Hugo. Hicimos un solo entrenamiento, en el tercer piso de Ferro, y me miró saltar en una época en la que yo, además de levantar, atacaba. Dijo ‘si este enano ataca así de fuerte, no puedo jugar’. Y se fue. Ese día lo vi por primera vez”.

 

Para fortuna de Kantor y del deporte en el que Argentina ahora apila dos bronces, Hugo no se distanció ni de la actividad ni del “enano” que lo había impactado con sus saltos. Ambos cruzaron el mar para encandilar en Italia. Durante las tres temporadas que compartieron en Módena, Facundo era un bebé o un poquito más que un bebé que, al costado de los pelotazos, no se fascinaba todavía con las intervenciones gloriosas de su viejo sino con las telas multiplicadas que enfundaban los dedos sabios de Waldo. Acaso, tan chiquito, advertía qué futuro pretendía. En un castellano con ecos tanos, miraba a su madre, requería vendajes para sus manitos y balbuceaba con cierto enigma: “uale walo”. O sea: igual a Waldo. 

 

La cuna hecha de voley resurge en cada episodio. Los archivos de los Conte y de los Uriarte mantienen desempolvada una fotografía tomada en Padua. Sobre un sillón marrón, Facundo goza de una mamadera con fervores parientes de los que le desencadenó la consagración sobre el suelo de Japón. A su costado, apenas menor, Nicolás Uriarte, el hijo de Jon, armador que participó mucho y muy bien de la Selección en otros torneos, se aferra a otra mamadera nutriente. Los archivos familiares añadieron casi tres décadas después otra postal en la que, ya no capturando mamaderas pero sí aferrando la bandera argentina, Facundo y Nicolás posan juntos luego de ser campeones en Polonia.

 

Uriarte padre enhebra una hipótesis: “Yo creo que el tejido afectivo y la historia en común que construyó aquel grupo fecundó en relaciones amistosas entre nuestros hijos y nuestras hijas. Como si hubiera quedado un colchón difícil de explicar pero sencillo de sentir que los une. Como Hugo y yo competíamos en diferentes lugares, Facundo y Nicolás casi no se vieron durante años. Cuando empezaron a jugar juntos en el club Ciudad, promediando la adolescencia, todo fue natural, como si hubieran jugado siempre”.

 

Irrefutable Uriarte: el deporte suele ser una invitación habitada por sorpresas, pero no es posible sin continuidades. Cuando voces diversas se quejan por la ausencia de políticas deportivas en la Argentina, afirman a veces certezas hondas, a veces imprecisiones y a veces zancadillas, pero, en alguna medida, convergen en plantear la necesidad de cimentar recorridos, de no romper lo que justifica constituir un camino correcto. Continuidades: hace mucho y hace nada, la máquina proveedora de jugadores para el alto rendimiento o para los rendimientos anónimos reside en los clubes, como enfatizó el entrenador nacional actual Marcelo Méndez, porque los clubes, maltratados y todo, conforman un espacio socializador como ninguno en el país: en épocas que van envejeciendo, allí se forjaron Conte, Kantor, Uriarte, muchos, muchas; en eras próximas, se modelaron las figuras que instalaron otros apellidos en el horizonte no sólo del voley. Continuidades: el armador del más flamante de los bronces argentinos es Luciano De Cecco, santafesino, hijo de una jugadora de voleibol, parido en 1988, cuando el Conte y el Uriarte mayores llevaban a la cumbre olímpica a Argentina. Continuidades: Conte es papá del Conte al que De Cecco habilitó con pases poéticos en la cita de Tokio y en muchas ocasiones previas; Uriarte es el entrenador que estrenó a De Cecco como jugador de la Selección adulta en el Mundial del 2006 en Japón.

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Cada continuidad es un legado. Pero no todos los legados se transfieren con ceremonias como las que articularon el pasaje de un Conte a otro Conte. Quebrando la frontera de los cuarenta calendarios, Hugo resolvió soltar sus remates de despedida en el Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires donde había descubierto las luces de su deporte. Entre el 2006 y el 2007, los compañeros del mejor de los voleibolistas argentinos fueron su sobrino Martín, Nicolás Uriarte y, claro, Facundo. De entrenador, casi una familia, trabajaba Kantor: “Verlos entrenarse juntos era surrealista: el papá retirándose y el hijo empezando. Ya ahí hacían gestos iguales. Hugo nunca se entrenó tan bien como ese año, tan dedicado, tan atento al físico, tan puesta la cabeza. Claro: era el faro de su hijo y de esos pibes. Quería mostrar cómo entrenarse. Ellos conocían a un genio, a un fenómeno, en su máximo punto de entrega”. Acabaron campeones.

 

Testigos de pasados y de presentes confluyen en resaltar lo que generó tanta siembra. Hugo Conte y Facundo Conte no agotan su cercanía en lo que concede la genética. Algo más emerge en una capacidad para ser conductores desde la cancha, para transmitir positividad y agresividad deportiva o para cargarse el equipo al hombro, como se dice en los barrios. Algo más aparece en las muecas técnicas que detectan los eruditos: el itinerario de algunos golpes, la parábola de algunos toques, el uso del bloqueo adversario con un sello calcado, las mañas para que la pelota desemboque en sonrisa propia y no ajena. Algo más emociona y emociona: la polenta para gritar cada punto con las pupilas, con las venas, con el alma si es que hay alma, con todo lo que quepa en la voz.

 

Seguro que eso emociona en madrugadas argentinas despabiladas por un juego desembarcado en el país en 1912, ingresado en las competiciones internacionales en 1951. Ese juego acaba de transcurrir el más famoso de sus partidos, el éxito contra una potencia como Brasil, en un tiempo extraño de estadios vacíos y de audiencias proliferadas en redes que reiteran los nombres de los jugadores a cada instante hasta provocar que señores y señoras embarbijados surquen el umbral de las panaderías y mencionen a Solé y a Lima, a Loser y a Palacios, a Poglajen y a Sánchez, a Ramos y a Méndez, a Danani y a Pereyra, a José Montesano que narra por la tevé con la herencia de los relatores populares y con la calidez de los que pronuncian algo que vale la pena, y a Conte padre, mutado en analista exacto y didáctico sin abandonar nunca su condición de padre.

 

Emociona eso del modo en que lo emociona en Nuremberg a Luis Callegari, que ya no dibuja a Conte y a Conte sino que disfruta luego de las ansiedades de seguir el triunfo en una ciudad lejana de los gimnasios argentos en los que esos medallistas aprendieron a exigir los codos y a prolongar los antebrazos. “Leí a Hugo, un prócer del deporte argentino y mundial, en el cuento de Pelota de papel -confidencia- y me emocionó mucho el punto de vista de su carrera hasta su medalla y leí el prólogo de Facundo desde la medalla de su papá hacia su carrera. La medalla está en el centro. Una inspiración para los dos. Hugo cita a Maradona cuando habla de tener tatuada la bandera y, entonces, pensé en que lo que hacía funcionara como un tatuaje y apliqué puntos como en las técnicas del tatuaje. La unión de las dos caras salió casi sin quererlo. Son gente con una mirada noble, una mirada pasional, un sueño de un chico que miraba al padre como un superhéroe y un padre que miraba a su hijo detrás de un sueño, ambos vestidos con la camiseta número 7”.

 

Alguien interpretará que Callegari está develando por qué sus manos de artista conciben las dos caras de los Conte como una cara única o a los dos Conte como uno, como sólo uno. De nuevo: el arte, qué maravilla. En más de una dimensión, esa explicación no sólo decodifica a un cuadro que pronto ocupará una de las paredes del hogar de los Conte. Además, tal vez permite entender por qué, en este momento, en vez de una medalla ya hay dos.

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A Hugo lo que le pasa al clavar los párpados en el prólogo de Facundo se compendia en diez palabras encantadas dedicadas a su criatura. Las oye, como de costumbre, Sonia:

 

—Qué bueno: es alguien feliz con lo que eligió hacer.

 

Mucha porción de la humanidad está enterada del resto. En cuanto es posible, un ratito después del punto de cierre del duelo gigante frente a Brasil, Hugo fuga de su latitud de comentarista, usa los recuerdos físicos remanentes de sus días de atleta, gambetea cada límite y aplasta su calzado sobre la geografía inolvidable de la cancha de la hazaña y de la medalla. Entonces, Facundo lo enfoca, acelera igual que cuando lo esperaba a la vuelta de los entrenamientos y se le prende como invariablemente necesitan prenderse los hijos a los padres tengan o no tengan una medalla. Después, se abrazan hasta llorar mucho y hasta llorar juntos.

 

En una de esas, Facundo le avisa que la vida es así y llega la hora en la que se alteran los roles y le toca a Hugo jugar con una nueva medalla. O por ahí conversan de largas esperanzas y, sobre todo, de que se quieren.

 

Qué importa, qué importa.

 

Otra vez son uno.